Las siguientes lineas son tomadas de Fedro Carlos Guillen, quien me pareció muy ad hoc su artículo con respecto a eso de las mudanzas, espero lo disfruten.
"Mi experiencia en mudanzas, ha sido, a lo largo de mi vida, deliberadamente baja y digo deliberada porque sé lo que implica meter todo el mugrero en cajas, para luego vaciarlo en otro espacio a donde llega uno porque ya no alcanza para la renta o porque la casa se quemó por la explosión de la olla express. Sin embargo he iniciado con la cronología incorrecta, ya que en algunos casos antes de mudarse la gente decide hacer reformas al lugar que habitará.
Lo primero que llamó mi atención sobre el hecho de trabajar con albañiles e ingenieros es el recelo de todos los que me rodeaban. "No, hombre, no va a estar a tiempo", dijo uno. "Esa gente nunca cumple" dijo otro igual de escéptico pero más cabrón. Por supuesto, argumenté lo que sólo alguien muy imbécil puede argumentar en ese caso: dije que si hacía un trato era necesario cumplirlo, que no veía razones para que las obras no estuvieran a tiempo y que si ése era el caso, simplemente me rehusaría a pagar. Dios me castigó.
Lo primero con lo que uno no cuenta es con la informalidad del gremio de construcción. Cuando un señor me dice: "Lo veo a las nueve de la mañana en el parque hundido", me parecerá de lo más normal que aparezca a esa hora y en ese lugar en los términos acordados, que es lo que yo haría. En el caso que nos ocupa, la hora de llegada de los trabajadores es tan predecible como un volado. Un lunes, a la una de la tarde, le pregunté a mi legitima donde andaban los albañiles y me contestó que los lunes siempre llegaban "un poquito" más tarde. Hay un señor albañil -a quien con todo respeto llamaré "phitecantropus"- al que nunca, lo que se dice nunca, vi trabajar. Miraba el techo con enorme entusiasmo e hizo que yo lo mirara, porque pensé que ocurriría algo interesantisimo; pero nones, nomás estaba pasmado.
Un segundo elemento de los retrasos tiene que ver con la adquisición de materiales. Llega un señor con un catálogo de -digamos- mosaicos. Uno elige una madre que se llama "sueño veneciano" y quedan todos muy formales de que al día siguiente llegará el pedido. Al tercer día se le llama al pendejo de los sueños venecianos, tan sólo para que diga que "no hay en almacén" y que llegará en dos semanas que son las mismas que la obra se retrasa. Para acabarla de joder y como una prueba completamente positiva y material de que las cosas nunca son como debieran ser, alguien con iniciativa decide que en lugar del repellado que se le pidió va a entirolar o que el azul indigo pactado es una mierda y que es mejor el bermellón. Ello, además de ocasionar preinfartos, se traduce en que la mitad del día de trabajo, los nobles artesanos sean una suerte de Penélope que desteje en la tarde lo que tejió en la mañana.
En el último pero no menos importante punto se encuentra el señor que cotizó y que, se asume, es responsable de todo lo que ahí ocurre. Resulta fácilmente identificable, porque aparece el día de pago y nunca más, posee un celular que nunca contesta pues, listo como es, sabe que se trata de una llamada para mentarle la madre. Este buen hombre tiene además la notable capacidad de agraviarse si el reclamo le parece excesivo, por lo que uno tiene que tratar con enorme delicadeza, bajo el riesgo de que deje el excusado abierto en un arrebato, con las consecuencias que no quisiera imaginar.
En estos momentos mi hogar es una especie de covacha, como aquellas en las cuales planeaban sus asaltos los de la resistencia francesa..."
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