"Nada tengo en contra de quien evita escribir peladeces en los medios; supongo que eso obedece a un estilo o una visión estética de lo que debe ser y lo que no, pero... ¿carbón? La estrategia es equivalente a la que usan las viejas guangas para llamar al pitirrin al pene o pompis (escribo pompis y siento escalofríos) a las nalgas y eso, insisto, es una idiotez.
El problema de renunciar al uso de lo que la gente llama malas palabras es que, además de dejar a la mitad de la población más muda que Hellen Keller, tendríamos que prescindir de su enorme poder descriptivo. ¿Hay mejor adjetivo que pendejo para aquel que diseñó los ejes viales? ¿Puede el titular de un microbus ser ajeno a la palabra cabrón?
Recuerdo que Juan Sabines, gobernador de Chiapas hace ya algunos años, gritó en un discurso algo equivalente a que sus enemigos hicieran el favor de ir a chingar a su madre, lo cual era exactamente lo que pensaba. Por supuesto, fue muy criticado. ¿Por qué? No por su sinceridad, sino por andar diciendo peladeces. En ese sentido, la moral pública nos obliga a convertirnos en seres esquizofrénicos que debemos voltear como tecolotes antes de emitir un adjetivo contundente. Esta ruptura entre lo que se dice y lo que se piensa me parece notabilísima y ha determinado que produzca la siguiente lista de situaciones ejemplares en la cual el querido lector encontrará la alternativa adecuada para expresarse libremente. Que la use o no, depende por supuesto de usted.
Escena 1.- Un aguacero de la tiznada. Usted va a llevar a su casa a una viejita que no para de hablar. La deja con el deseo de que un rayo la parta en dos. Regresa dando brínquitos al coche y se encuentra con que cerró la puerta con llave y ésta cuelga juguetona en el interior de su auto. Usted se lleva la mano a la frente, se da un sopapo y exclama: ¡Pero qué...! (vienen las palabras aceptadas) tonto, baboso, alcornoque, gaznápiro, badulaque, menso. Por supuesto, la palabra correcta es pendejo.
Escena 2.- Conoce a un literato de gasné y pipa, quien emplea media hora en explicarle por qué la gente en este país no lee libros. La frase con la cual concluye es: "Hay que abatir la ignorancia". Usted sonríe, pero por dentro piensa: Qué... talento, soberbia, vanidad, lucidez. La palabra correcta es mamón.
Escena 3.- Circula por la avenida Universidad; de pronto, un pesero se le cierra por ganar pasaje a otro pesero, el contacto es violento y deja su coche como charamusca. El chofer se arranca sin esperar alguna aclaración, saca la mano por la ventanilla y retrae los dedos anular e índice conservando enhiesto el dedo de en medio en un gesto conocidísimo que no sé cómo se llama. Usted baja la ventanilla y grita: ¡Hijo...! de tu mal dormir, desobendiente, descarriado. No debe caber duda alguna de que las palabras que completan la frase son: de la chingada.
Me parece, en suma, que considerar rara a una persona que emplea en su lenguaje palabrotas no tiene punto de comparación con otra que las dice "cuando resulta oportuno". Eso sí que es raro."